martes, 27 de agosto de 2013

ana

Él duerme. Descansa en un cuerpo perfecto por obra y gracia del gimnasio y de las proteínas. Él duerme plácidamente pero ella hace rato que está despierta, seducida por la luz, pensando cómo bordear su cuerpo sin despertarlo. Ella piensa ahora en gatos. Ella adora los gatos cuidadosos que bordean un jarrón de porcelana sin romperlo. Pero ella no es un gato. Cúando me he vuelto tan torpe para la vida.

Asomada a la ventana enciende un cigarrillo. Encalla en la vida de fuera, la vida de los otros, la lluvia. Qué querrá decirnos la lluvia cuando aprieta el paso. Qué revelación esconde. Torpe para la vida. Todas las piedras que se interponen en el camino entre el amor y yo. Y no aprendo. A estas alturas y aún no sé distinguir un te quiero de un no quiero estar solo. Todas las piedras, como el cuerpo, se dice mientras contempla desde arriba a la modelo publicitaria de la marquesina, interponiéndose.

El cuerpo, como un símbolo. De control. Del control que no tiene sobre todo lo que no sea su cuerpo. La carrera de periodismo. La losa. Toda esa confianza de los demás sobre sus hombros, toda esa responsabilidad cuando él no quiere tomar la medicación y sólo ella consigue sacarlo del tumulto, de las voces que lo abducen, hablándole, haciendo de sus palabras una mano que le saca del pozo, logrando que se tome el risperdal mientras él promete construirle la casa más bonita del mundo, un techo de cristal en el dormitorio para que ella pueda ver las estrellas cada noche.

Cierra los ojos. Respira despacio para ralentizar el efecto de la hipoglucemia. La visión borrosa. Las palpitaciones. Va al baño. Se echa agua en la cara. Se mira en el espejo. El cuerpo desnudo a veces grita lo que uno no puede decir. Y se avergüenza. El mundo se derrumba a su alrededor, pero ni la crisis ni la tasa de desempleo ni el número de desahucios ni la cifra de muertos en Siria la perturban como la carne que le sobra. El espejo ahora como un muro de lamentaciones porque lamenta su carne, porque se avergüenza de su carne y no sabe frenar el asco que la recorre y el asco no se compadece. El asco pesa. El asco la humilla.

Llevan saliendo medio año y se las ha averiguado para no comer nunca juntos. Se ha convertido en una artífice de la mentira. Siempre esquivando el momento, poniendo excusas, quedándose en casa,  pesando en la balanza de la cocina todo lo que come, todo lo que caga, cubriendo la diferencia con laxantes.

El asco. El asco de comer. El pánico a comer. El miedo es un virus, persevera, persiste, sobrevive. Comer. Como una forma de premio o de castigo. Packs de 2x1. Cantidades ingentes de alimentos empaquetados en tamaño familiar anegando las superficies comerciales. Es la dieta de los cerdos que se sienten orgullosos de ser cerdos y no puede contar con nadie, se dice mientras contempla a su hombre y su hombre duerme con la belleza de las cosas apagadas. Sólo puede fiarse de su miedo. Sólo puede creer en el hambre. En los resultados del hambre. En el hombre que ama. En el hombre que la ama por su cuerpo. En el hombre que la ama porque su cuerpo procede del hambre. En que no quiere estar sola.

6 comentarios:

Rafael dijo...

Relato triste y que refleja una realidad que muchas veces vemos a nuestro alrededor.
Un abrazo.

Ío dijo...


Terriblemente duro, real en toda su tristeza.

Te leo y siempre me encanta leerte, Isabel, gracias.

m.

Darío dijo...

Brutal.

Setefilla Almenara J. dijo...

Muy buen relato, estupendos el desarrollo y la cadencia emocional. Me ha encantado, gracias.

Un saludo
Setefilla

Tomás R. Ramírez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Irene dijo...

Me encanta, deja un sabor amargo y muy real. ¿Qué significan las frases en cursiva? Algunas son preciosas.