lunes, 19 de agosto de 2013

estoy rodeada de niños

Miércoles por la noche. En este momento hay alguien en un bar, tomándose algo, ofreciendo cigarrillos a cambio de una conversación, todas esas palabras agolpadas en el aire intentando un lugar fuera del desamparo, un lugar plácido en el mundo de los otros, porque, la mayoría de las veces, decir otros es decir lejos. Si alguien me invitara a salir, no sabría qué ponerme.

Odio mi cuerpo, pero no soy yo, yo no decido mi carne, me digo, mientras delineo mis labios de rojo o de, qué más da y me dispongo a preparar el escenario de cada noche. Cinco lamparitas de tela roja crean una atmósfera perfecta, iluminando nada más que lo necesario este cuerpo lechoso en su blancura, del que el kimono rojo sólo descubre el pubis rasurado, pezones a la caída de mis pechos de flor cortada, y me tumbo sobre el diván rojo que el viejo del tercero no me vio rescatar de los cubos de la basura, de la parte de atrás del anticuario, y que restauré poco a poco en los ratos libres y que crea una atmósfera perfecta, y miro hacia atrás, un sinfín de adelfas blancas o, tal vez, mi inocencia y ahora ya no y ya nada de, aquí, detrás del antifaz de encaje, frente a la web cam.

Soy la puta geisha. Todo empieza con la misma pregunta ¿Eres de los nuestros? Parafilias y Paypal. No estábamos tan solos. Al otro lado de la pantalla, unas manos ajadas y temblorosas acercan una copa a los labios de un hombre respetable y bien situado, que se folla a su mujer sin mirarla a los ojos, que se folla a su mujer a medias, porque su mujer ya no se la pone dura, porque las putas ya no se la ponen dura, y no sirve nada, ni las pastillas azules, ni hacer daño, ni decir si me humillas.

Elefantes camino del cementerio. Recostado en su sillón, el elefante me concede un nombre. Yo le leo un libro. Siempre acierto. Siempre sé lo que están buscando. Como aquella peli del libro de Bradbury. Como una película japonesa. Dormiría alrededor de mis pies. Me comería con las manos. Hundiría su nariz entre mis muslos, y aspiraría. Dice, tu boca es mía y entre la tos y la flema verde hay algo parecido a la risa, y por su barbilla cae un hilo de baba. Casi se ahoga. Augura un estremecimiento. Todo indica que está disfrutando del panorama. Este es el momento en el que acerca su mano a su miembro acurrucado. Daría lo que fuera por saber con él si estoy mojada. Auster, Ciudad de cristal, capítulo 1.

Nadie lee como tú.

4 comentarios:

Rafael dijo...

En el fondo es una pura realidad lo que cuentas, querida amiga, mal que nos pese a muchos.
Un abrazo y lindo día.

Darío dijo...

Cómo negar el infierno?

Tomás R. Ramírez dijo...

Sigo sosteniendo, la gente que comenta en este buen blog da la imagen de niños retrasados bajo el efecto de alguna droga alucinogena. No sé que mierda les pasa.

Increíble lo que escribiste, Isabel. De lo mejor que he leído. Lo único, me incomoda estar leyendo esto sin haberlo pagado. Me molesta el talento gratuito. Aunque si fuera mezquino estaría muy contento.

Hubert dijo...

Fantastic!