lunes, 26 de agosto de 2013

fuera de aquí



Nada sucede. Y aun así, no es nada.
Paul Auster.



Hace tiempo que estoy esperando que el tiempo se decida qué hacer conmigo, pero siempre olvido que sólo espero a un niño que juega.
 
Intento no pensar. Cuando pienso me duele la cabeza, se me nubla la vista, se me seca la boca. Aferrarme a la rutina me salva de caer en el vacío. Afeitarme y un café sin azúcar, la misma ropa de ayer, el maletín y las llaves; ocho pasos hasta la puerta, veinte escalones hasta la calle, doce metros hasta la parada. He vuelto a perder los guantes y el frío me hace daño. El autobús llega tarde, como siempre.
 
En la cola, a los habituales y a los desconocidos nos une una misma espera y una misma paciencia. Las marías, dispuestas para ir al mercado, se agarran al carro de la compra como a un mástil, apoyan la mirada quién sabe dónde. Mi vecino, el jubilado, parapetado tras el periódico murmura, antes no pasaban estas cosas. Un matrimonio se mira, después de veinticinco años, como en su primera cita. Dos estudiantes hablan de baloncesto mientras twittean a través de sus móviles en un gesto automático. Subimos despacio y, una vez dentro, no hay un sitio libre donde sentarse. De todas formas, me gusta ir de pie, pasar muy cerca de la gente, sentir algo.
 
Sin apenas espacio para moverme, me apoyo en una de las barras de la plataforma central. Repaso mentalmente el tema que voy a dar en clase de filosofía y termino en el mismo lugar, dónde acaba el tiempo. Un pinchazo me atraviesa el ojo izquierdo. No pienses. Delante de mí, viaja de espaldas una mujer bajita que lee un libro.
 
Las paradas se van sucediendo pero la mujer sigue absorta en su lectura, lo que despierta mi curiosidad. Así que, sin apenas darme cuenta, me voy aproximando a su cuerpo, tímidamente escalo su hombro desnudo y, con la celeridad de un voyeur aficionado, leo: Ordené traer mi caballo del establo. El criado no me entendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y monté en él. Oí una trompeta a lo lejos, pregunté al criado su significado. No sabía nada ni había oído nada. Me detuvo en el portón y preguntó: ¿Adónde cabalgas, señor? No lo sé, dije, fuera de aquí. Siempre fuera de aquí, sólo así podré llegar a mi meta. ¿Así que conoces tu meta?, preguntó. Sí, respondí, acabo de decirlo. Fuera de aquí, tal es mi meta. De pronto, Kafka y toda su literatura quedan en un segundo plano mientras el olor de su pelo empapa el aire, multiplicando, sin que logre entenderlo, el efecto dinámico de las cosas. Hace mucho tiempo que no me siento tan cerca de alguien. Es ingenuo y absurdo pero no puedo evitar pensar, sentir que todo es ese momento. Que esa muchacha tiene la respuesta, la solución a esta integral imposible que es vivir con miedo. Su olor se extiende como la fiebre, atándome a su espalda como un hilo invisible. Mis manos sueñan a una mujer cuya cara desconozco. Quiero decírselo. Que antes de su olor no había nada. Que está ella y después el mundo, lejos, muy lejos de la suma de nuestras partes. Que la nostalgia siempre fue una trampa, que quiero olvidar, olvidar todo lo que ya sé porque no me sirvió de nada, porque no me hizo más feliz, porque no puedo más con esta soledad que me persigue como una alimaña, afilándose los colmillos. Porque no puedo más.

Pero soy un cobarde. Las puertas se abren y ella baja entre la gente, emprende su camino, sin volver el rostro como tantas veces me había prometido el cine. Mientras, yo sólo soy capaz de sacar las manos de los bolsillos, permaneciendo allí clavado, aniquilado por los acontecimientos, dividido para siempre, con el grito de Kafka retumbándome en la sien.

5 comentarios:

Rafael dijo...

Bonito y entretenido relato.
Un abrazo.

Darío dijo...

Quizá lo terrible del grito de Kafka, no sean esos hecho mínimos y cotidianos que se suceden como si nada, sino "eso" que viene a desequilibrar y decirnos "sos muy frágil". Como si sentir sólo pudiese ocurrir en lo excepcional. Un abrazo.

VANESSA dijo...

Qué linda historia!
A todos nos ha pasado alguna vez algo parecido, con ese acto de cobardía q no nos atrevemos a reconocer.
Besoss

Tomás R. Ramírez dijo...

El no-lugar. Muy bien logrado Isabel

Setefilla Almenara J. dijo...

Espléndido,intimista,con ritmo, un trabajo que me ha dejado pegada a la pantalla. Felicidades.
Por aquí sigo, ya ves.