domingo, 11 de agosto de 2013

motivos personales

La primera vez que la vi me dijo que su flor favorita era el diente de león. Que también era conocido por el nombre de áster, latinismo que significa astro o estrella. Que ella nunca había visto una estrella fugaz. Recuerdo que cuando pasábamos alguna noche en el campo, ella estiraba su mano hacia las estrellas y sonreía como un espíritu inocente. Ella hacía así las cosas, sumida en el estadio continuo de apasionarse. Borracha en su pureza. Y entre tanta pureza irreparable, yo. Un tipo permanentemente instalado en la zona de confort, gris y decepcionante. Sin dar la talla. Sin estar a la altura. Debería haberlo tenido en cuenta, debería haberlo previsto, debería haber avistado lo que había de venir.
He perdido la fe en el sistema. Ya he olvidado la última vez que pasé la revisión del paro o la última vez que me reuní con mi orientador. Como en los comederos sociales o a base de lo que me proporciona Cáritas o la Cruz Roja y como mucho, todo lo que puedo, como si comiendo pudiese disminuir de algún modo exponencial esta puta sensación de vacío. Esta es mi vida, la que me sonríe desdentada desde la esquina de mi cuarto mientras escribo, con este ánimo a las espaldas siempre anocheciendo.
La calle sigue ahí, al otro lado de la ventana y no se calla. Aquí, en cambio, me siento como en una sala de espera sin saber exáctamente qué coño espero. A qué coño espero mientras el silencio bate invisible sus alas, avanza incontenible. El silencio de las cosas quietas.
Dicen que el estímulo lo es todo, por eso en mi casa siempre había música. Ahora dejo la tele puesta y todo vale y trago con todo, desde realities show hasta ese documental sobre el bosque de Aokigahara, con tal de escuchar voces a mi alrededor, como quien se ha extraviado en el monte y en su soledad tiene frío y enciende una hoguera.
Soy consciente de que algo traman los días conmigo, de que ya no puedo apearme. De que no puedo aminorar el tiempo que paso mal recordando los hechos, describiendo en círculos tu nombre en el lavabo con la pasta de dientes. El amor como una rueca, como un tótem, pienso. Como una segunda oportunidad de hacer lo correcto. Como esas cintas que dejan los suicidas indecisos, entre los árboles y las plantas del bosque de Aokigahara, para que les guíen, si se arrepienten, hacia la salida del bosque. Como algo que nos saque del carril de los hambrientos, de este hambre que se impone, que se ensancha en todas direcciones, que implora la sencilla cotidianidad de sentirse acompañado.
Lo cierto es que desde entonces, desde lo que pasó, desde lo que nos pasó por encima, no sé volver. Vibro a destiempo, como quien vibra a otra frecuencia. Porto un corazón embalsamado en la tristeza, en la terrible quietud de estar solo. Ando perdido, desorientado, buscando a quien darme y se me hace imposible conectar y todos están más lejos cada vez. Caigo. Caigo. Caigo y permanezco absorto en la hondura de esta caída, en el fracaso de no entender cuándo empezó todo a romperse. Al final sólo queda el recurso de siempre, la vieja torpeza de establecer murallas. Y el rencor.
Tú me preguntabas por qué escribía, el por qué de esta manía de escribir. Y yo no sabía qué decirte. Me limitaba a encogerme de hombros y a reír con la misma felicidad con la que ríen los idiotas, para después seguir escribiendo. Pero ahora tengo una respuesta. Ya sé por qué escribo. Escribo, ahora lo sé, como una forma de vengarme.

4 comentarios:

úL dijo...

araña... vaya si araña

joseph merrick dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
AtaqueEscampe dijo...

Pues véngate! V de vendetta

Darío dijo...

Escribe, ha de ser, por la misma razón de que comiendo no sacia ese vacío. Un abrazo.