martes, 10 de septiembre de 2013

comprar, tirar, comprar

Obsolescencia programada. Me pone enfermo. Esta forma desmesurada, este amor enfermizo, esta dependencia por la seguridad que nos proporcionan los objetos.

Me llamo David, pero podría ser cualquiera, en cualquier otra parte.

Han vuelto a cambiar el pienso de sitio, y en su lugar ahora hay todo tipo de herramientas y utensilios para el bricolaje. Do It Yourself. Dos pasillos más adelante, un niño llora hasta la extenuación porque su madre no quiere comprarle un juguete nuevo. Se crea un producto nuevo cada tres minutos. Realmente ¿es necesario? Somos torpes. Pertenecemos a una raza que busca su identidad en lo que atesora. Crecemos, pero las nuestras siguen siendo las mismas huellas. Y no damos la talla.

Tengo ganas de llegar a casa. Comprar siempre me pone triste. Todo va tan deprisa. Me siento pequeño, un ratón color piedra que busca la salida en este puto laberinto de estantes. Me pregunto cómo debe de ser la vida de esa pareja que mira alfombras a juego, seguramente, con sus muebles de ikea, cómo debe de ser contar con alguien, compartir, cocinar para dos. La del viejo que está frente a los calcetines de caballero me la sé de sobra. Antes de venir, se ha tomado las pastillas, ha fregado el vaso, el plato, la cuchara, y ahora va a comprar la loncha de queso y los yogures. En su buzón, sólo hay facturas. En su contestador, tampoco hay mensajes. La cola avanza y por fin llego a la caja registradora. Junto a las macetas, una chica habla sola. Dice, tengo frío.

Tengo ganas de llegar a casa

4 comentarios:

http://es.netlog.com/BOGARTY/blog dijo...

Nicanor Parra
¡muerte si, funerales no!



¡decidme pues languidecidos!
quién pudo desertar del camino
desgarro en la piel
tajo profundo que mata
quién incluso a su pesar
pudo adentrarse en la espesura del bosque
-que será nuestro vientre-
quizá como descanso
quizá como parada en la cuneta
dispuesto a viento a calma a estrellas

¡decidme pues languidecidos!
por qué el empeño de vivir así
sin un si sin un no
esclavizados por costumbre
quién pidió vivir aquí
traídos dejados a la fuerza
quién con panderetas apura el trago de vino
voceando: ¡muerte si funerales no!

¡decidme pues languidecidos!
cómo salir del atolladero
si el coraje sirve de algo cuando la total carcoma
el barro en los cedros al filo del camino
apunta todo quebranto
cómo mirar a los hijos a sus ojos
explicar que guerra no que amor si
cuando el sexo vetado se esconde curvando las esquinas
mientras la furia de la violencia cae de los balcones a la nuca
restallando como agua de tormenta

¡decidme pues languidecidos!
para qué creamos si la realidad nos satisface
mientras los dioses nunca novelan ficciones
de sortilegios pasionales
para qué aprovechar el tiempo vertiginoso
que trasporta a la nada eterna
si no seremos ni más sabios ni mejores

¡decidme pues languidecidos!
si el tiempo y la eternidad
esa idea de trascendencia
encajada como mascarón de proa
es la madre de la frustración
la piedra angular de la angustia existencial

¡decidme pues languidecidos!
si irremisiblemente vamos encaminados
al acantilado del final del camino
al océano de vacío...

¡decidme pues languidecidos!


Por Lotario de la Calle

Anónimo dijo...

No hay que tratar de imaginar las vidas de los otros, Hechicera de las Letras, hay que reinventar la propia cada día, empezar a vivir de nuevo cada vez que abrimos los ojos por la mañana....Yo también tengo frio.

Me gusta tu prosa, sigue creando...,no claudiques nunca.

Darío dijo...

Tener y tener. Aburrirse. La seguridad, como único reclamo burgués. Casa segura, empleo seguro, amor seguro. Firma y sello. Un abrazo.

Tomás R. Ramírez dijo...
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