viernes, 6 de septiembre de 2013

dejad que los niños se acerquen a mí


La noche se pierde entre sus piernas cuando ella abre la boca. No recuerda su nombre. No le hace falta. Después de correrse en su cara encenderá un cigarrillo, pondrá una excusa y entrará en la ducha. Sin mirarla. Ella ya sabe donde está la puerta. 

Ahí sigue la luna, a las nueve de la mañana, pero a nadie le importa. Lo cierto es que en la ciudad nadie mira ya el cielo. Todos van con cara de tener prisa por ir a algún sitio, con cara de tener un sitio al que ir con prisa. Con la vida a medias doble camino, doble o nada. Se dice sigo siendo un número, y acaricia el bombín rojo con tristeza. Se arregla el maquillaje, hace unos malabares de calentamiento, prepara los globos de colores. 

Los parques no sólo atraen a las palomas. De hecho, cada parque tiene sus fieles. Los perros tiran de sus dueños, se revuelcan en la hierba, se olisquean mutuamente; los abuelos cuidan de los nietos que ahora con la crisis no llega para la guardería y les compran gusanitos para que se los echen a los patos; los estudiantes faltan a clase y se les pasa la mañana a bordo del monopatín porque para qué van a estudiar si total va a dar igual si no hay trabajo y el mundo no va hacia ningún sitio y todo es una gran mierda. 

Poco a poco se agolpa la gente a su alrededor, mayormente adolescentes que le observan con aburrimiento y le aplauden sin el menor ápice de entusiasmo, mirándose unos a otros, encogiéndose de hombros, dándose media vuelta para seguir hablando entre ellos de videojuegos de última generación. Más allá de todo esto, otro público le acecha desde los bancos y espera ansioso a que termine su número, da vueltas en círculo para llamar su atención, le espera en los servicios a que les pase algo de lo suyo. 

Hoy se ha sentado a su lado un melenas con acento argentino que toca la guitarra y, mientras acariciaba la foto de su cartera, se le ha llenado la cabeza de cosas. Cosas horribles y cosas bonitas. Él también tocaba la guitarra, cuando Laura tenía un año y no dejaba de llorar y no quería comer. La tocaba y entonces ella se le quedaba mirando así, como embobada, y abría la boca como un pececillo. Ella era su paz y su viento. Se guiaba por el sol, como los girasoles. Hace doce años que vive con su madre, en Francia. 

Son las doce y llega tarde a su cita semanal en el hospital. Ya se sabe de memoria el camino. Sexta planta, todo recto y a la derecha. Oncología. Sala infantil. Ellos aguardan. Ángeles casi caídos. De eso se trata. La quimioterapia nunca está a la altura de las expectativas. Las expectativas son mentira. Y él sabe mucho de mentiras. Pero eso ahora es lo de menos. El pasillo retumba ¡qué viene! ¡qué viene! Y sin lugar a dudas, ese es de los pocos momentos donde siente que vale algo la pena, cuando gira el pomo de la puerta y todos se le echan encima y se enganchan a sus pantalones con sus manitas, dando pequeños saltos, y se aferran a sus piernas durante varios minutos, traviesos, sin dejar de reír, y la sala se carga de una ternura insoportable y él no puede evitar rendirse, dejarse llevar, conmoverse, cerrar los ojos por un momento y pensar en Laura, en lo bonita que era, en que no podía dejar de apartarle el pelo de la cara, en que por qué demonios todo es tan feo.

7 comentarios:

Rafael dijo...

Bonito relato, lleno de una realidad y crudeza que al final estalla en esa ternura infantil que los niños siempre llevan consigo.
Un abrazo.

H E L L F I R E ▲† dijo...

ME ENCANTA ESTE TIPO DE RELATOS
ERES UNA DE MIS FAVORITAS
MUY LINDO DE VERDAD
UN ABRAZO !

Tomás R. Ramírez dijo...

Demasiado bueno, demasiado.

Noelplebeyo dijo...

nada como unas gotas de realidad

Claire dijo...

realidad aplastante pero necesaria, enganchada desde la primera línea.

Darío dijo...

Demoledor, Señora Poeta.

Noris Marcia dijo...

Primera vez por tu blog, me ha encantado la narrativa, interesada en el final desde el principio.
Un saludo desde EEUU.