lunes, 14 de octubre de 2013

pájaro azul





Hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.
Charles Bukowski





He vuelto a soñar con el pájaro, pero tú no lo sabes y yo no puedo contártelo. Hace mucho que dejamos de vernos a pesar de estar uno frente al otro. De tener siquiera un tema de conversación. Si me preguntaras en qué pienso pero no lo haces y te lo agradezco, porque de otro modo tendría que contar y no puedo contar la verdad, ya lo he intentado.

El cuarto de baño como un confesionario ¿Crees que no sé que hago mal en recordar? ¿en intentar huir de esto que queda? ¿de esto que somos ahora? Sólo tengo agua caliente para la tristeza. El vapor que todo lo empaña. Esto es lo que tengo. Mirar el espejo, querer escribir el nombre que no sé porque echó a correr bajo la lluvia, la misma lluvia que la trajo para refugiarse, para encontrarme en el portal a oscuras con todo este amor hacinado y la piel incómoda. Tiemblo al recordarlo. No puedo más que ocupar mi tiempo en la memoria. Yo tenía dos manos hechas para su cuerpo y ella había venido a arder. Hay una clase de fuerza que proviene únicamente de los débiles, me dijo, desabrochándose la blusa, mostrándome en la soledad de un sólo pecho su pecho solitario, en ausencia del otro, tatuado, un pájaro azul. Pensar entonces en Esparta, en amazonas urbanas, en animales mitológicos o sus variantes, sopesar el dolor de la belleza. Desear su palidez. Desearla por encima de cualquier cosa. Recorrer en su itinerario pecoso constelaciones, emprender un camino sin cansancio desde su boca, deslizar los labios por su barbilla suave, quitarle la falda, lamer cada estría, la carne flácida y blanda, buscar un lugar en su sexo con los dedos, prometer su caída por el precipicio, poseer, tal la velocidad, escribir, dejar escrito mi nombre en cada recoveco, abrir las piernas y estar llena de agua, síndrome de Estocolmo.

Sentada en la mesa de la cocina fumo sin ganas. Tengo una ventana y un cielo pero no es suficiente. Anochece. Descanso la vista en el horizonte y me pregunto cuánto más seguiré esperando.

Solución: Abandono de hogar, no sin antes dejar la cena lista para el microondas.

Risas de fondo en mi cabeza. Sonido de llaves abriendo la puerta y tu voz cansada. Reconozco que no me importa. A veces no queremos que nadie nos encuentre. Me levanto sin hacer ruido y caliento leche. Eso es lo más lejos que llego.

5 comentarios:

Rafael dijo...

Cristales rotos que se clavan en el alma, precisamente dándonos cuenta de ello.
Un abrazo.

Noelplebeyo dijo...

a andar más lejos de la puerta y cerrar con llave, desde fuera

Tomás R. Ramírez dijo...

Amo tu prosa a niveles cósmicos. Este texto casi me hace llorar. Gracias I.

Anónimo dijo...

Impresionante, Hechicera de las Letras, me has dejado ensimismado con el texto...

He podido sentir cada una de tus palabras entrando por mis ojos y doliendo en el alma. Tu prosa es una manjar, un caleidoscopio de sensaciones y sentimientos.

Sigue así, no flaquees, por favor, no lo hagas.

mailconraul dijo...

Has calentado la leche hasta que ha rebosado del todo multiplicando sus natas (natas y pecas, un postre delicioso y de grata digestión).